Capítulo 1: El realismo trágico de ‘True Detective’

True Detective 3
Imagen: HBO

True Detective es el paradigma de todo aquello que muere aplastado por el peso de su propio éxito. Pobre de aquel que tenga el descaro de parir una obra maestra, porque, haga lo que haga, está jodido (o jodida). Si te plantas y no sigues, tuviste suerte; si sigues y te arriesgas con otra propuesta, mal, porque estás traicionando su esencia; si vuelves a intentarlo y te ajustas a la fórmula original, peor, porque te estás copiando. Y todo así. Bienvenidos al Territorio Hater.

True Detective volvió (y ya se ha ido), y con ella la intensidad, la melaza visual, la angustia; en definitiva,  la realidad trágica que Nic Pizzolatto tan bien dibuja con palabras y que, no nos engañemos, está presente en sus tres temporadas. Porque True Detective no va de maderos que resuelven crímenes escarbando entre la podredumbre y la miseria de la América más profunda y paleta. Eso es más viejo que la pana. Va de personas. Personas anónimas. Personas normales puestas a prueba de una forma anormal. Personas que nos muestran que la vida es muy dura, aunque algunos podamos permitirnos el lujo de ignorarlo, acomodados en nuestros sofás y escondidos tras nuestras suscripciones de Netflix y HBO. Anestesiados. Ajenos al mundo.

La tercera temporada de True Detective va de todo eso y mucho más. Va de un universo de detalles invisibles, oscuridad y sonidos estridentes en el que la forma tiene más valor que el contenido. De un lugar que huele a decepción y cuentas pendientes, en el que el tiempo, tan implacable y relativo él siempre, nos recuerda que nuestros fantasmas se acuerdan de nosotros, aunque nosotros nos hayamos olvidado de ellos.

¡Pero qué buena es True Detective!

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