Capítulo 1: El realismo trágico de ‘True Detective’

True Detective 3
Imagen: HBO

True Detective es el paradigma de todo aquello que muere aplastado por el peso de su propio éxito. Pobre de aquel que tenga el descaro de parir una obra maestra, porque, haga lo que haga, está jodido (o jodida). Si te plantas y no sigues, tuviste suerte; si sigues y te arriesgas con otra propuesta, mal, porque estás traicionando su esencia; si vuelves a intentarlo y te ajustas a la fórmula original, peor, porque te estás copiando. Y todo así. Bienvenidos al Territorio Hater.

True Detective volvió (y ya se ha ido), y con ella la intensidad, la melaza visual, la angustia; en definitiva,  la realidad trágica que Nic Pizzolatto tan bien dibuja con palabras y que, no nos engañemos, está presente en sus tres temporadas. Porque True Detective no va de maderos que resuelven crímenes escarbando entre la podredumbre y la miseria de la América más profunda y paleta. Eso es más viejo que la pana. Va de personas. Personas anónimas. Personas normales puestas a prueba de una forma anormal. Personas que nos muestran que la vida es muy dura, aunque algunos podamos permitirnos el lujo de ignorarlo, acomodados en nuestros sofás y escondidos tras nuestras suscripciones de Netflix y HBO. Anestesiados. Ajenos al mundo.

La tercera temporada de True Detective va de todo eso y mucho más. Va de un universo de detalles invisibles, oscuridad y sonidos estridentes en el que la forma tiene más valor que el contenido. De un lugar que huele a decepción y cuentas pendientes, en el que el tiempo, tan implacable y relativo él siempre, nos recuerda que nuestros fantasmas se acuerdan de nosotros, aunque nosotros nos hayamos olvidado de ellos.

¡Pero qué buena es True Detective!

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Piloto: Por un mundo sin spoilers

BB
Imagen: AMC

Yo, David Baizán, mayor de edad y en plena posesión de mis facultades –creo–, me dispongo a iniciar un nuevo blog de series. Tela. Como si no tuviésemos suficientes con los que ya hay. A patadas, oiga.

Pero me da igual, porque este será mío: un nuevo engranaje en mi particular universo de ficción y cultura pop; un universo en el que siempre tengo razón y al final del día me voy a casa con Anne Hathaway –lo sé, lo sé–.

Sé que quizá ofenda a unos cuantos remilgados con mi descarado porte y olor almizcleño, pero lo bueno de todo esto es que no le debo nada a nadie –y nadie me lo debe a mí–, así que lo que aquí escriba solo atenderá a mis propios intereses y deseos, y aquellos que decidan quedarse lo harán por voluntad propia, eso sí, con mi total compromiso de ser indecentemente subjetivo y parcial –como debe ser–, y con la férrea promesa de que ni un solo spoiler se escapará de mis labios, porque creo firmemente que un mundo sin spoilers es posible.

¿No sería maravilloso?